“Este es un momento muy duro para mí. Piden pruebas de supervivencia a quemarropa y aquí estoy escribiéndote mi alma tendida sobre este papel. Estoy mal físicamente. No he vuelto a comer, el apetito se me bloqueó, el pelo se me cae en grandes cantidades.
Quiero pedirte mamita linda que le digas a los niños que quiero que me manden tres mensajes semanales (…) Nada trascendental, sino lo que puedan y se les ocurra escribir de afán (…) No necesito nada más, pero necesito estar en contacto con ellos. Es la única información vital, trascendental, imprescindible, lo demás ya no me importa (…).
Tengo en mi memoria cada una de las edades (de mis hijos). En cada cumpleaños les canto el Happy Birthday. Solicito que me permitan hacer una torta. Pero desde hace tres años siempre que pido, la respuesta es no. Igual, si traen una galleta o una sopa cualquiera de arroz y fríjol, que es lo usual, con eso hago de cuenta que es una torta y les celebro en mi corazón su cumpleaños.
(…) Tienen la vida pendiente, busquen llegar a lo más alto, estudiar es crecer, no solo por lo que se aprende intelectualmente, sino por la experiencia humana, la gente alrededor de uno que lo alimenta emocionalmente para tener cada día mayor control sobre uno mismo, y espiritualmente, para moldear un mayor carácter de servicio a los demás, donde el ego se reduzca a su más mínima expresión y se crezca en humildad y fuerza moral. Una va con otra. Eso es vivir, crecer para servir (…).
Luego le dedica otros párrafos a Fabrice Delloye, el padre de sus hijos) Yo sé que Fab ha sufrido mucho por mí. Pero que su sufrimiento tenga alivio en saber que él ha sido fuente de paz para mí. (…) Dile a Fab que en él me recuesto, sobre sus hombros lloro, en el me apoyo para seguir sonriendo de tristeza, su amor me hace fuerte. Porque está él al frente de las necesidades de mis hijos, puedo terminar de respirar sin que me duela tanto la vida. (…)
Durante muchos años he pensado que mientras esté viva, mientras siga respirando, tengo que seguir albergando la esperanza. Ya no tengo las mismas fuerzas, ya me cuesta mucho trabajo seguir creyendo, pero quería que sientan que lo que han hecho por nosotros marca la diferencia. Nos hemos sentido seres humanos (…). Mamita tendría más cosas para decirte. Explicarte que hace tiempo no tengo noticias de Clara y de su bebé (…). Bueno, mamita, Dios nos ayude, nos guíe, nos dé paciencia y nos cubra. Por siempre y para siempre. “
La primera vez que tuve contacto con la vida de Ingrid Betancurt fue en su famosa huelga en el Congreso de la República, en donde junto con Guillermo Martínez Guerra, eran llamados “Los Mosqueteros”, recuerdo una mujer aguerrida, llena de fortaleza, vitalidad y sobre todo de convicciones muy firmes, casi testaruda.
Después y durante su secuestro acompañé a Guillermo Martínez Guerra, quien con su alma de poeta y en el día de la Mujer del año 2002, le leyó una carta, llena de afecto de coraje y valentía para soportar su secuestro.
Hoy, Ingrid lleva seis años en cautiverio, de su carácter fuerte y aguerrido queda poco, pero el aliento que brota de su alma, le permitió escribir tal vez uno de los testimonios más dolorosos de la historia reciente de Colombia.
Me identifico con su dolor de Madre, y le doy gracias a Dios por poder levantarme cada mañana y disfrutar de mis hijas.
Me asombra su sentido de la vida, abocado a tan sólo escuchar las voces de sus seres queridos, y le doy gracias a Dios porque puedo escuchar a los míos todos los días.
Me duele su tragedia, porque ante la insensibilidad humana, sólo en Dios se puede hallar una salida.
Y me alegran sus palabras, porque su carta es el grito de la libertad, libertad que todos queremos para nuestros compatriotas en cautiverio.






